MANIFIESTO DE LA FABRICACIÓN SENSIBLE Y LA MEMORIA VIVA
El desierto no es una metáfora. Es un régimen material que produce aislamiento como mercancía final, y es también un régimen de olvido. Su aridez no es natural; es el resultado de una ingeniería política que, a lo largo de la historia, ha diseñado máquinas perfectas para suprimir la diversidad, aplanar los territorios de la diferencia y convertir la vida en un recurso uniforme y dócil. Frente a esta maquinaria de desierto, que hoy adopta nuevas formas, no basta con el gesto rebelde aislado. Se requiere una praxis de construcción material e imaginativa que sea, al mismo tiempo, una arqueología de la resistencia y una cartografía de las luchas que se intersectan.
La lección de los autoritarismos antiguos y modernos es clara: su poder no reside solo en la fuerza bruta, sino en su capacidad para crear un texto único de la realidad, un relato monolítico donde la diversidad es herejía y la intersección de identidades, una falla a corregir. Ese proyecto totalitario busca borrar las múltiples voces, los mestizajes, las mezclas que constituyen la verdadera textura de la vida. Su legado no es solo un pasado remoto; es un método que se reactiva, un fantasma que aprende nuevos lenguajes. El desafío, entonces, es construir un contra-relato que no sea un nuevo monólogo, sino una polifonía material, una intertextualidad de luchas que reconoce que todo está tejido con todo.
Este es el núcleo de nuestro método: la interseccionalidad como principio de construcción, no solo de análisis. No vemos opresiones separadas —la de clase, la de raza, la de género, la del territorio— que se sumen. Vemos un sistema enredado, un nudo de poder donde el hilo que oprime a la mujer trabajadora es el mismo que estrangula al barrio empobrecido y desprecia la cultura disidente. La lucha que se alza desde una favela contra la brutalidad policial no es distinta de la que defiende la tierra de los pueblos originarios o la que exige el derecho al cuerpo y al deseo. Son el mismo grito, fractalizado en mil rostros, contra la misma lógica de extracción, control y homogenización.
Por eso, nuestro principio no es la crítica abstracta, sino la fabricación de espacios de encuentro donde esas luchas se reconozcan y se potencien. No somos una vanguardia que ilumina; somos un taller donde se conjugan los saberes de la abuela que preserva la memoria oral, de la ingeniera que diseña redes comunitarias, de la activista que mapea la violencia patriarcal en el territorio. Recuperamos la voluntad de quienes entendieron que resistir es, ante todo, crear los lugares donde la vida múltiple pueda respirar: desde las asambleas en las plazas recuperadas hasta las redes digitales cifradas, desde las huertas urbanas hasta los archivos de la memoria popular. La belleza es la eficiencia luminosa de una solución que no deja a nadie atrás porque ha sido diseñada por y para los que siempre fueron dejados atrás.
Esto exige una intertextualidad de los cuerpos y los territorios. No es un juego de citas académicas; es la soldadura práctica de historias que se creían desconectadas. Es la memoria de la represión política que ilumina la violencia económica de hoy. Es el feminismo popular que enseña a la lucha sindical sobre el cuidado como infraestructura. Es la defensa del barrio que se encuentra con la defensa del río. Debemos dejar de producir "sectores" y empezar a producir ecosistemas de alianzas: constelaciones de afectos, estrategias y recursos donde el relato de una se convierte en fuerza para la otra, y la victoria de un grupo abre el camino para todos. Esta madeja viva, tejida con la urdimbre de muchas luchas, es indescifrable para el poder, que solo sabe enfrentar enemigos aislados.
Esta lógica liquida la vieja jerarquía y crea una inteligencia rizomática de la resistencia. La maestra que transforma su aula en un espacio de pensamiento crítico está librando una batalla cultural. El colectivo que ocupa un edificio abandonado para hacer un centro social está reclamando soberanía urbana. El grupo de vecinas que organiza una ronda nocturna frente a los feminicidios está ejerciendo justicia comunitaria. Nuestro método es la conexión consciente de estas potencias: una red de nodos autónomos pero vinculados, donde el saber-hacer del agricultor ecológico alimenta al comedor popular gestionado por migrantes, y la fiesta callejera que celebra la diversidad sexual es protegida por la misma comunidad que defiende su territorio del extractivismo.
Por tanto, declaramos la insurrección de los vínculos concretos:
Talleres de la Memoria Intersectada: Espacios que sean a la vez archivo, laboratorio y santuario. En ellos, se forja una contra-historia hecha de retazos: el testimonio de quien sobrevivió a una dictadura dialoga con el análisis de quien sufre el despojo neoliberal; el arte callejero que homenajea a las lideresas asesinadas se funde con el diseño de herramientas legales colectivas. Cada acción que nace de ahí es un acto de justicia poética y un nodo en la red material de lo común.
Máquinas de Recombinación Política: Plataformas donde las demandas se cruzan para crear poder impuro e imparable. Donde la protesta por la vivienda digna se enuncia también como lucha contra el racismo ambiental; donde el plan de cuidados comunitarios se diseña con perspectiva de género y se financia con auditorías a la deuda externa. La revolución será interseccional o será una nueva versión del mismo poder excluyente.
Protocolos de Contagio y Legado: La alegría de la resistencia común es el único virus liberador. Un modelo de autodefensa legal que funcione debe replicarse, mutar, adaptarse a otros contextos. Una victoria contra un desalojo debe narrarse como una épica colectiva, coreografiarse en una danza, compartirse como un manual de supervivencia urbana. Crearemos ritos de celebración que honren a quienes cayeron —cuyas ausencias son huecos en el tejido que rehacemos— y que sean más vitales que el consumo pasivo. No difundiremos ideología; infectaremos con la evidencia palpable de que otro modo de vida, plural, solidario y rebelde, es más intenso, más digno y más real.
Este movimiento no ambiciona la toma del poder piramidal, sino la disolución de su lógica mediante la creación de un poder-red, difuso y resiliente. Mientras el proyecto del desierto excava nichos para individuos-competidores y siembra el olvido, nosotros cultivamos un bosque comunitario de memorias y luchas, tan intrincado y fértil, que su sola existencia desmiente la posibilidad del yermo. La verdadera batalla no es por un futuro lejano, sino por el suelo del presente, por el derecho a recordar, a nombrar, a existir en nuestra complejidad. No luchamos para gobernar el mundo que existe. Luchamos, recordamos, tejemos y creamos para que ese mundo, lentamente, deje de ser la única opción sobre la mesa. La revolución definitiva no será un estallido, sino un hábitat de múltiples voces que, desde hoy, ya estamos habitando, defendiendo y construyendo.
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