Ir al contenido principal

En relación a Trotsky

 

El problema Trotsky: más allá del mito, la secta y la cobardía política

Por Joan Prim (ex PRT - reflexiones desde la formación militante)


I. No es miedo, es método

Cuando alerté sobre la necesidad de discutir a fondo el legado de Trotsky, algunos compañeros creyeron que hablaba desde el temor. Nada más lejos. No le temo a Trotsky. Le temo a los trotskistas que han convertido al hombre de bronce en una cárcel de hierro.

Yo pienso que el problema central no es el joven comandante del Ejército Rojo, ni siquiera el teórico de la revolución permanente. El problema es la secta que solo cree en Trotsky, que desprecia a Gramsci (porque a veces le dio la razón a Stalin en tácticas concretas), que desconoce a Lukács, que ningunea a Mao tildándolo de "revolucionario agrario" —como hacía Hugo Bressano, con acierto y también con ceguera— y que convierte el marxismo en un recetario de una sola firma.

Desde mi experiencia en los viejos años del PRT, aprendimos que el enemigo no eran los libros, sino el dogmatismo. Y hoy, el mayor obstáculo para la formación de una nueva generación revolucionaria es esa invariante sectaria que cree poseer la verdad revelada.


II. El punto de inflexión: cuando Trotsky pudo barrer a Stalin y no lo hizo

Los jóvenes militantes deben conocer al joven Trotsky, el más fecundo. El organizador del Ejército Rojo, el estratega que en 1918-1920 venció a catorce ejércitos extranjeros. Ese Trotsky era un gigante.

Pero también deben aprender su gran punto de inflexión —yo pienso que ahí está la clave de todo—: hubo un momento, entre 1923 y 1924, en que Trotsky todavía conservaba un inmenso capital político y militar. Podía haber usado al Ejército Rojo, esa máquina que él mismo había forjado, para barrer a la burocracia stalinista. No lo hizo.

¿Por qué? Por una mezcla de confianza ingenua en la razón dialéctica y un inexplicable desdén por el aparato. Prefirió perder la batalla política antes que "manchar" la revolución con una lucha intestina. La lección es brutal: el poder no se regala, se toma. Y Trotsky, por un exceso de pureza, permitió que la burocracia lo devorara.

Asimismo, desconoce la teoría acertada de Stalin sobre el "socialismo en un solo país". Esto no es para reivindicar a Stalin, sino para reconocer que, en aquel contexto de aislamiento, la postura de Stalin permitió sobrevivir a la Revolución Rusa mientras que la revolución permanente soñada por Trotsky chocaba con la realidad de un proletariado europeo derrotado.


III. El peor legado de Trotsky: sus propios discípulos

Trotsky fue un pensador abierto, contradictorio, capaz de rectificar. Pero al morir asesinado, sus seguidores lo canonizaron. El trotskismo se convirtió en una secta.

Yo pienso que esto es fatal: para un trotskista ortodoxo, todo lo que no está escrito por Trotsky es automáticamente revisionismo. Por eso niegan a Gramsci, porque Gramsci entendió la necesidad de la "guerra de posición" y la hegemonía cultural, algo que Trotsky apenas esbozó. Por eso ningunean a Lukács, cuya teoría de la reificación complementa y supera muchos análisis trotskianos. Por eso desprecian a Mao, a quien reducen a un "revolucionario agrario" —como decía Hugo Bressano— sin entender que la revolución china inventó un camino nuevo para el campesinado, y que sin esa invención no habría hoy una potencia socialista que desafía al imperio.

El problema se agrava cuando los discípulos se fragmentan. Los propios morenistas se pelean por quién es más fiel al maestro. Y así, la izquierda revolucionaria se disuelve en cien sectas que no dialogan ni con Gramsci ni con la realidad.


IV. La solución no es el ajuste de cuentas, es la formación

¿Cómo salimos de este callejón? Yo pienso que la respuesta la tenemos los viejos ex PRT: con formación política.

No se trata de quemar a Trotsky ni de canonizarlo. Se trata de estudiarlo críticamente, como a un clásico. Leer su Historia de la Revolución Rusa, sí, pero también leer a Gramsci, a Lukács, a Mao, a Mariátegui. Abrir el marxismo a la heterodoxia, a la discusión, al error fecundo.

China entendió algo que los trotskistas no quieren ver: no se puede construir socialismo con manuales del siglo XIX. El Partido Comunista de China no le teme a Trotsky —incluso recupera su crítica a la burocracia—, pero rechaza el trotskismo como religión. Y hace bien.

Para los jóvenes que se están formando hoy, propongo un ejercicio:

  1. No leer a Trotsky como una Biblia, sino como una herramienta. Tomar su teoría de la revolución permanente para analizar la globalización imperialista actual.

  2. Leer a Gramsci para entender por qué a veces el pueblo elige a los malos (el fascismo, el trumpismo, el mileísmo) y cómo se construye hegemonía desde abajo.

  3. Leer a Mao para aprender que las revoluciones se hacen con los pies en la tierra, con campesinos y obreros, no con purezas ideológicas.

  4. Leer a Lenin —el Lenin que sí supo usar el poder cuando fue necesario, que disolvió la Asamblea Constituyente y creó la CHEKA, porque entendía que la revolución no es un juego de salón.


V. Una advertencia final: no confundir el blanco

Algunos compañeros, sobre todo los más jóvenes, creen que "el problema es Trotsky" y que basta con denunciarlo para estar a salvo. Error. El blanco no es Trotsky. El blanco es la cultura sectaria que impide el pensamiento creativo y la unidad de los revolucionarios.

China no va en camino de "reconocer relatos revolucionarios ajenos" —ya vemos cómo coopera con Nicaragua, con Cuba, y cómo mira con buenos ojos a un eventual gobierno de Kicillof en Argentina. China es pragmática. Y nosotros, los que venimos del PRT y aún creemos en la revolución mundial, debemos ser igual de pragmáticos en la crítica.

Yo pienso que el "problema trotskista" se soluciona con formación, con estudio, con debate fraterno y con la humildad de aceptar que ningún pensador —ni Trotsky, ni Mao, ni Gramsci— tiene todas las respuestas.

La dialéctica no teme a las contradicciones. Solo el dogmatismo las teme.


Artículo escrito para su libre reproducción. Los jóvenes militantes pueden copiarlo, debatirlo y, sobre todo, estudiar las fuentes. Como decíamos en los viejos tiempos: ni dioses, ni reyes, ni tiranos. Tampoco apóstoles.


P.D. — La prueba del valor: «Problemas de la vida cotidiana»

Para los sectarios que aún dudan: si de verdad creen que la teoría se demuestra en los hechos, aquí está su examen de ingreso.

I. Un libro que desmiente el mito

En 1923, mientras Stalin tejía su red burocrática y el Partido Bolchevique se desgarraba en luchas internas, Trotsky —enfermo, acosado, pero lúcido— hizo algo que ningún sectario de hoy se atrevería a hacer: bajó del pedestal y se metió en las fábricas, las cocinas y las camas de los obreros.

Problemas de la vida cotidiana no es un tratado abstracto sobre la revolución permanente. Es un trabajo de campo. Trotsky entrevistó a militantes de base, asistió a reuniones de barrio, preguntó cómo se vivía, cómo se amaba, cómo se moría en la Rusia de los años veinte.

II. ¿De qué trata realmente?

Trotsky aborda allí lo que ningún burócrats quiere escuchar:

  • El alcoholismo como plaga obrera y la necesidad de un nuevo ocio alejado de la taberna y la iglesia.

  • La familia destrozada por la revolución y la urgencia de socializar el trabajo doméstico: lavaderos, guarderías, comedores.

  • La incompatibilidad entre la vida militante y la vida familiar, el maltrato doméstico, las ceremonias de nacimiento y muerte.

  • El lenguaje, la cortesía, la higiene, la puntualidad: cosas pequeñas, "moleculares", donde se forja o se pudre una sociedad socialista.

III. ¿Por qué es una prueba para los sectarios?

Porque este libro es la antítesis del sectarismo. Trotsky no escribió para demostrar que era el único poseedor de la verdad. Escribió para escuchar, para aprender de la realidad, para armar a los militantes de herramientas concretas, no consignas vacías.

El sectario que solo cree en Trotsky no ha leído a Trotsky. Si lo hubiera hecho, sabría que su teoría más brillante fue precisamente bajarse del caballo y preguntar: "Compañero, ¿cómo se vive?".

IV. Y para los que se espantan

Nadie les pide que dejen de ser trotskistas. Se les pide, simplemente, que sean mejores trotskistas. Que lean a Trotsky de verdad. Que dejen de usarlo como una estatua de yeso y lo usen como una herramienta viva.

La formación no es un botín de guerra. Es un puente. Crucenlo. El resto los esperamos al otro lado, con los libros abiertos y la cabeza fría.


Copie, publique, dispute. La militancia no se hace con paredones imaginarios, sino con lecturas incómodas. Este artículo está escrito para que circule. Y este P.D., para que duela.


P.D. 2: Porque no es una Ley, es una Teoría (y lo dijo Néstor Kohan, desde la Cátedra Che Guevara)

Vamos a tirarles un hueso a quienes más lo necesitan. A los trotskistas de manual, a los que aún creen que Trotsky escribió la Biblia. A ellos les digo: no tengan miedo, no los voy a morder. Al contrario, les voy a regalar una discusión de altura, y para eso me voy a apoyar en quien mejor supo plantarla: Néstor Kohan.

1. El dato: no es una Ley, es una Teoría

Como bien lo registra Kohan, primero en la Cátedra Che Guevara y luego en sus escritos, la famosa ley del desarrollo desigual y combinado es, en rigor de verdad, una teoría. La diferencia es clave. Denostar la teoría es de necios; venerar la ley es de dogmáticos. La teoría se discute, se prueba, se enriquece. La ley se acata o se viola. ¿Quieren ser científicos o inquisidores? Si Trotsky hubiera concebido su gran aporte como una ley inmutable, ni siquiera la habría aplicado a América Latina. Pero como era un hombre de acción, la usó para pensar la periferia. Por eso Kohan la recupera no para repetirla como un rosario, sino para ponerla a prueba en el terreno movedizo de la dependencia y la revolución en el Sur.

2. La trampa de la Ley fija

El problema no es Trotsky, repito: el problema es el trotskismo. Y el trotskismo se encierra en sus propias leyes porque no sabe qué hacer con lo que no escribió su padre fundador. Por eso rechazan a Gramsci (que articuló la hegemonía de un modo que Trotsky jamás imaginó), por eso ningunean a Lukács (que buceó en la conciencia de clase más allá de cualquier recetario) y por eso reducen a Mao a un mero “revolucionario agrario” (copiando la frase hecha de Hugo Bressano, sin entender la potencia del maoísmo como ruptura creativa). Un marxismo que se precie de serlo no puede vivir de leyes fijas. Como bien enseñó Kohan, los conceptos de Marx, Lenin y Trotsky son herramientas vivas, no dogmas de yeso.

3. La lección para los sectarios (y para los que aún no lo son)

Si usted, compañero trotskista, quiere salir de la secta y volver a ser un revolucionario, abra un libro de Néstor Kohan. Empiece por Nuestro Marx o cualquiera de los cuadernos de la Cátedra Che Guevara. No le van a morder; al contrario, le van a mostrar que el marxismo no es un museo de reliquias. Y si se anima, discuta con nosotros. Que no nos gane el miedo a pensar. Porque como dijo aquel viejo guerrillero: "Hay que tener la cabeza fría y el corazón caliente para no quedarse en la ley muerta".

Copie, publique, dispute. La militancia no se hace con paredones imaginarios, sino con lecturas incómodas. Este P.D. es para que duela y para que crezca.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

EL PRT-ERP COMO RELATO PROPIO DE CHINA

  EL PRT-ERP COMO RELATO PROPIO DE CHINA: LA TESIS DE LA SINERGIA REVOLUCIONARIA TRANSOCEÁNICA Por Joan Prim TESIS CENTRAL: El Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP) constituye un  capítulo no reconocido del relato revolucionario chino , por ser la expresión occidental más avanzada de la  sinergia revolucionaria  que caracterizó al maoísmo. I. FUNDAMENTOS ESTRATÉGICOS COMPARTIDOS 1. La Sinergia como Método La Revolución China demostró que la victoria requiere la  combinación dialéctica de tres elementos : Guerra popular prolongada Construcción de poder paralelo Independencia ideológica absoluta El PRT-ERP aplicó esta tríada en el Cono Sur: ERP  = brazo armado (equivalente al Ejército Rojo) PRT  = construcción política (equivalente al Partido) Ruptura con el trotskismo  = independencia (equivalente a la ruptura china con el dogmatismo soviético) 2. Internacionalismo Concreto vs. Retórico Mientras Chi...

La verdad es siempre revolucionaria.

  El Arte de la Sinergia: Cuando el PRT-ERP Aceptaba Relatos Ajenos y su Fantasma Sonríe Hoy De las cenizas del socialfascismo a la potencia del frente único: la historia no es de puristas, sino de estrategas. En la política revolucionaria, como en la guerra, la ortodoxia es un lujo que solo se pueden permitir los derrotados. El verdadero poder emerge de la capacidad sinérgica de articular relatos diversos bajo un propósito común, una lección que el "fantasma" del PRT-ERP conoce bien y que hoy observa con una sonrisa en la Argentina contemporánea. La izquierda del siglo XX aprendió a sangre y fuego el costo de la división. La etiqueta de  "socialfascismo" , lanzada desde Moscú contra la socialdemocracia europea, fracturó cualquier posibilidad de un frente único contra el nazismo, allanando el camino para Hitler y, más tarde, para su aliado ideológico Francisco Franco. Fue el fracaso catastrófico de una política sectaria que priorizó la pureza doctrinal sobre la supe...

Marco Teórico para la Unidad de Acción Estratégica

  Marco Teórico para la Unidad de Acción Estratégica 1. El principio de convergencia antagonista Postula que fuerzas con diferentes marcos ideológicos pueden sintetizar una praxis común cuando existe un antagonismo compartido frente a una amenaza existencial al proyecto de transformación social Esta convergencia no requiere homogeneización programática sino identificación de puntos de bifurcación donde la acción coordinada produce efectos exponenciales 2. La dialéctica de la unidad-diferencia Conceptualiza la unidad no como fusión sino como articulación de diferencias que mantienen su autonomía teórica pero coordinan estratégicamente La tensión entre particularidad y universalidad se resuelve temporalmente en la práctica concreta frente a desafíos comunes 3. Teoría de interfaces rizomáticas Propone crear estructuras de articulación flexibles que permiten: Confluencia temporal en objetivos específicos Intercambio de recursos tácticos Aprendizaje mutuo desde diferencias Preservación ...