La mirada de Bourdieu: formar el habitus, no maldecir al hereje
Permítame aventurar una segunda reflexión de cierre, porque la discusión recién empieza. Los sectarios suelen buscar un chivo expiatorio: Trotsky, el stalinismo, el maoísmo, la socialdemocracia, China… cualquier excusa sirve para no mirarse el ombligo. El problema —usted lo sabe bien— no está afuera, está adentro: en nuestra propia matriz de comportamiento militante. Y para entenderlo, no hay mejor lente que la que nos presta Pierre Bourdieu.
1. El habitus sectario: cuando la militancia se vuelve reflejo
Bourdieu definió el habitus como "un conjunto de esquemas generativos a partir de los cuales los sujetos perciben el mundo y actúan en él". No es un dogma ni una elección consciente: es eso que llevamos incorporado, que nos sale natural. El militante sectario no decide ser sectario; sencillamente es sectario porque creció respirando aire de trinchera. Su habitus está hecho de consignas duras, de manuales cerrados, de una relación casi religiosa con los textos fundacionales. Como señala la teoría, el habitus tiende a reproducir las condiciones de su propia producción, generando un "sistema de disposiciones duraderas" que resiste a los cambios y se reproduce en cada generación de jóvenes que recibe la misma lección.
El problema, entonces, no es que haya malvados que conspiran para encerrar a Trotsky en un hielo perpetuo. El problema es que reproducimos un habitus sectario sin siquiera darnos cuenta. Y la forma de romperlo no es anatematizar a los herejes, sino formarlos culturalmente.
2. La propuesta: un marxismo de habitus abierto
Si el sectarismo es un habitus cerrado, la solución tiene que ser la construcción de un habitus distinto: uno abierto a la heterodoxia, a la crítica y al debate. Para eso, Bourdieu nos brinda varias herramientas clave:
El capital cultural: así como existe un capital económico, también hay un capital cultural, que se adquiere mediante la formación. Para el militante significa que leer a Lukács, a Gramsci o al propio Bourdieu no es una pérdida de tiempo, sino una inversión en capital cultural de combate. La formación no es un lujo académico; es una necesidad estratégica.
El habitus crítico: se puede educar la disposición a la autocrítica. El militante con habitus crítico escucha, duda, se corrige. El militante con habitus dogmático repite, denuncia y se ofende cuando lo corrigen. La diferencia entre ambos es pura formación.
El "intelectual colectivo": Bourdieu acuñó esta noción para pensar la intervención política desde el conocimiento y la reflexividad. Un agrupamiento de militantes formados, que saben debatir con fundamento y discutir sin odio, tiene más peso político que cien sectas que se despedazan entre sí. Desde su sociología reflexiva, donde investigación e intervención van de la mano, nos enseñó que "lo que soñamos es que una parte de nuestras investigaciones puedan ser útiles al movimiento social".
3. Y Bourdieu, ¿marxista?
Alguien dirá: "Bourdieu no era marxista". Y es verdad a medias. Bourdieu explícitamente se inspiró en los tres grandes pilares de la sociología: Marx, Durkheim y Weber, y reivindicaba la necesidad de "pensar con Marx y contra Marx, pensarlo contra él y con él", en una operación dialéctica similar a la que estamos haciendo con Trotsky. Pero también polemizó con el marxismo economicista de su época, al que acusó de mirar sólo los modos de producción y no los modos de dominación simbólica. Para nuestro problema, esto es una ventaja: permite levantar un puente sobre el abismo entre el marxismo y otras tradiciones teóricas. Formarse culturalmente no significa encerrarse en un solo autor, sino aprender de varios.
4. La propuesta concreta: círculos de estudio, no juicios sumarios
Si la solución al "problema trotskista" es la formación cultural, entonces hay que dejar de gastar energías en quemar efigies del pasado y empezar a dedicarlas a:
Crear espacios de estudio donde se lea a Trotsky, pero también a Gramsci, a Lukács, a Mariátegui, a Mao, a la teoría de la dependencia, al propio Bourdieu. Sin ninguna línea sectaria de antemano.
Fomentar el debate público entre militantes de distintas tradiciones. En ese tipo de encuentros se construye habitus abierto. No se discute para ganar, sino para aprender y pulir las propias ideas.
Reconocer que la política es praxis, no teología. El militante formado sabe que la revolución no se hace recitando consignas, sino interviniendo en la realidad concreta. Como nos enseñaron los viejos ex PRT, estamos aprendiendo de los aciertos y de los errores, y ese aprendizaje no tiene por qué detenerse nunca.
Epílogo para copiar y pegar
Compañero, camarada, joven que empieza a leer estas líneas: no le tema al disenso. El marxismo no es una Biblia cerrada, sino una herramienta viva. Y usted no se vuelve más revolucionario por repetir cantinelas viejas, sino por pensar con cabeza propia. La formación cultural es la antídoto contra todo sectarismo. El habitus crítico se construye estudiando, dialogando y, sobre todo, abriéndose a lo nuevo.
Copie, publique, dispute. La revolución también se hace con buenas lecturas y con la humildad de aprender hasta de quien se cree enemigo.
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