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¿Qué significa AOC en nuestro mundo? - ¡Toda la verdad!

 

¿Qué significa AOC en nuestro mundo?

Un análisis desde la experiencia revolucionaria


I. La pregunta que no se quiere hacer

Alexandria Ocasio-Cortez es, probablemente, la figura política más conocida de la izquierda estadounidense en el mundo. Su imagen —la joven latina de origen humilde que llegó al Congreso desafiando al establishment— ha viajado por todos los continentes como un símbolo de esperanza. Para millones de personas en América Latina, Europa y Asia, AOC representa la posibilidad de que, incluso en el corazón del imperio, pueda surgir una voz crítica, progresista y comprometida con los de abajo.

Pero para quienes hemos vivido la experiencia de la lucha revolucionaria —para quienes hemos visto caer compañeros, hemos construido organizaciones desde la clandestinidad y hemos entendido que el poder no se pide, se toma— la pregunta es más compleja y, en muchos sentidos, incómoda: ¿Qué significa realmente AOC en nuestro mundo?

No se trata de una cuestión de simpatías personales. Se trata de un análisis de clase, de una evaluación estratégica de lo que su figura representa en la correlación de fuerzas global. Y para hacer ese análisis, necesitamos herramientas que trasciendan el entusiasmo mediático y se apoyen en la experiencia concreta de quienes han intentado, en distintos contextos, construir alternativas reales al poder del capital.


II. La paradoja de la izquierda institucional

AOC es el producto de una contradicción profunda del sistema político estadounidense: la institucionalización de la crítica. Su carrera política es, en sí misma, una demostración de la capacidad del sistema para absorber y neutralizar las energías rebeldes.

Llegó al Congreso en 2018 con un discurso rupturista: el Green New Deal, Medicare for All, la cancelación de la deuda estudiantil, la crítica al militarismo. Era la voz de la generación que había crecido bajo las guerras eternas, la crisis climática y la desigualdad más extrema desde la Gran Depresión. Su victoria electoral fue leída por muchos como el inicio de una "ola rosa" en Estados Unidos.

Pero el sistema tiene mecanismos de cooptación muy sofisticados. La izquierda institucional —esa que opera dentro del Partido Demócrata, que acepta las reglas del juego electoral, que busca cambiar el sistema desde dentro— está condenada a una contradicción insoluble: para tener poder, debe someterse a las reglas del poder; y al someterse, deja de ser una amenaza real para el sistema.

Esta contradicción no es nueva. Los revolucionarios de la historia lo han señalado una y otra vez. Mario Roberto Santucho, líder del PRT-ERP, dedicó un documento entero, "Poder burgués y poder revolucionario", a desenmascarar el parlamentarismo como una "forma enmascarada de dictadura burguesa". Para Santucho, quienes se adaptan a las "reglas institucionales" son, por definición, reformistas: operan dentro del sistema para cambiarlo, pero al hacerlo, legitiman el sistema que dicen querer transformar.

Bautista van Schouwen, el revolucionario chileno fundador del MIR, fue expulsado del Partido Socialista precisamente por criticar su "política electoralista". Para él, la lucha por el poder no se juega en las urnas, sino en la "acción directa de las masas". Van Schouwen entendió que la revolución no es un proceso de negociación con el poder establecido, sino de confrontación.

Desde esta óptica, AOC no es una revolucionaria. Es, en el mejor de los casos, una reformista de izquierda; en el peor, una figura funcional a la dominación del capital, que canaliza el descontento popular de vuelta hacia los canales seguros del sistema.


III. AOC y la política exterior: el imperialismo con rostro humano

Si hay un terreno donde la contradicción de AOC se vuelve más evidente, es en la política exterior. Su intervención en la Conferencia de Seguridad de Múnich en febrero de 2026 fue un momento revelador.

En ese escenario, patrocinado por los gigantes de la industria armamentística como Lockheed Martin y Raytheon, AOC se presentó como la voz de un nuevo internacionalismo demócrata. Criticó a Trump por su "aislacionismo", abogó por "profundizar nuestras alianzas" y defendió el orden internacional basado en "normas". Vinculó la desigualdad económica con la necesidad de una política exterior más activa.

Pero lo que realmente hizo fue subordinar la oposición a Trump al apoyo a la guerra contra Rusia. Advirtió que Trump y su administración pretendían "retirar a Estados Unidos del mundo entero" para que "Putin pueda hacer alarde de su poderío militar en Europa". Y se negó a descartar el envío de tropas estadounidenses para defender Taiwán en caso de un conflicto con China.

Desde una perspectiva revolucionaria, este discurso es funcional al imperialismo. No se opone a la guerra, sino que propone una estrategia diferente para librarla: no el unilateralismo de Trump, sino el multilateralismo de Obama y Clinton; no el aislacionismo, sino las alianzas globales que permitieron a Estados Unidos librar guerras en Irak, Libia y Siria.

El World Socialist Web Site, en un análisis de su intervención, fue contundente: AOC "haría su debut como estratega imperialista". No es una crítica menor: es la constatación de que, en el terreno de la política exterior, la diferencia entre AOC y el establishment demócrata es de estilo, no de sustancia.


IV. El voto sobre Israel: la prueba de fuego

El caso de Israel es quizás el ejemplo más claro de esta dinámica. AOC ha sido una crítica vocal de la política israelí en Gaza, llegando a calificar la ofensiva como "genocidio". Pero cuando llegó el momento de votar, su coherencia se resquebrajó.

En julio de 2025, la Cámara de Representantes votó una enmienda para recortar 500 millones de dólares de los "Programas de Cooperación Israelíes". La enmienda fue rechazada por 442 votos contra 6. AOC votó en contra de la enmienda.

Su argumento fue técnico: la enmienda no cortaba la ayuda "ofensiva" a Israel, solo recortaba fondos para sistemas defensivos como el Domo de Hierro. Para ella, votar a favor habría sido una "trampa" que no detenía las bombas que mataban palestinos.

Pero el resultado práctico fue el mismo: su voto contribuyó a mantener el flujo de armas estadounidenses a Israel. Y la izquierda lo entendió así. La DSA (Socialistas Democráticos de América) expresó su "profunda decepción". Su oficina en Nueva York fue vandalizada.

En abril de 2026, bajo una presión creciente, AOC cambió su postura. Prometió oponerse a toda ayuda militar futura a Israel, incluyendo los sistemas defensivos. Declaró que Israel "tiene plena capacidad para financiar" su propia defensa y que no apoyaría "enviar más dinero de los contribuyentes a un gobierno que ignora sistemáticamente el derecho internacional".

Pero el daño ya estaba hecho. Para sus críticos, este viraje no fue un acto de convicción, sino una concesión táctica ante la presión de su base. Y la pregunta sigue abierta: si AOC llega a ocupar un cargo de mayor poder, ¿mantendrá esa postura o volverá a alinearse con el establishment? La historia de la izquierda institucional sugiere que, cuando el poder está en juego, la coherencia revolucionaria suele ser la primera víctima.


V. El Green New Deal: reforma o cooptación

El Green New Deal es la bandera más emblemática de AOC. Propone una transformación masiva de la economía estadounidense para descarbonizarla en una década, creando millones de empleos y abordando la desigualdad. Es, sin duda, un programa ambicioso.

Pero la ambición no es lo mismo que la radicalidad. El Green New Deal opera dentro de los marcos del capitalismo: no cuestiona la propiedad privada de los medios de producción, no propone la socialización de la economía, no plantea una ruptura con el poder del capital financiero. Es, en esencia, un New Deal verde: una versión actualizada del reformismo de Roosevelt, no una alternativa al capitalismo.

Y la práctica de AOC ha confirmado esta lectura. En mayo de 2026, mientras el estado de Nueva York debatía un proyecto de ley que debilitaba la legislación climática, AOC guardó silencio. La "campeona del Green New Deal" no intervino en un debate crucial sobre el clima en su propio estado.

Para sus críticos, esto no es un accidente. Es la expresión de una lógica más profunda: la de una figura que, habiendo alcanzado un cierto poder institucional, prioriza la gestión de su carrera sobre la coherencia de su programa. El Green New Deal, en este sentido, funciona como una bandera de movilización que mantiene a las bases entusiasmadas, pero que en la práctica se diluye en compromisos y concesiones.


VI. La relación con la base: del movimiento a la maquinaria

AOC llegó al Congreso como producto de un movimiento: el de las bases progresistas que irrumpieron en la política estadounidense después de la elección de Trump. Su victoria en las primarias de 2018 contra un veterano del establishment demócrata fue un terremoto político.

Pero la relación entre AOC y el movimiento que la llevó al poder ha sido tensa. En 2020, cuando el Partido Demócrata atacó a la izquierda después de las elecciones, AOC no rompió con el partido. En 2024, en la Convención Nacional Demócrata, dio un discurso de apoyo entusiasta a Kamala Harris y Joe Biden, un acto visto por muchos como una traición a los principios que la habían llevado al Congreso.

La crítica más dura vino de la izquierda más radical. Figuras como Glenn Greenwald la acusaron de ser una "aparatchik partidista, cobarde y sin principios", argumentando que antepone la lealtad al Partido Demócrata a sus principios. Organizaciones de izquierda sostienen que, a pesar de su retórica, su carrera en el Congreso respalda y facilita el imperialismo estadounidense.

Esta dinámica no es nueva en la historia de la izquierda. Es el viejo problema del "movimiento que se convierte en máquina": cuando las energías rebeldes son canalizadas hacia las instituciones, tienden a ser absorbidas por la lógica de la gestión y la carrera política.


VII. AOC, Sanders y el techo de lo posible

Bernie Sanders y AOC son, en muchos sentidos, dos caras de la misma moneda. Sanders es el veterano que ha pasado décadas en el Congreso sin haber logrado una transformación real; AOC es la joven promesa que, se espera, logre lo que Sanders no pudo.

Pero la experiencia de Sanders es reveladora. En 2016 y 2020, el sistema demócrata hizo todo lo posible para impedir que Sanders fuera el candidato presidencial. Cuando su movimiento empezó a amenazar realmente el poder del establishment, el partido cerró filas y lo neutralizó.

AOC enfrenta el mismo techo. Puede llegar a ser alcaldesa de Nueva York, senadora, incluso candidata a la presidencia. Pero si su programa empieza a amenazar los intereses del capital financiero, encontrará el mismo muro que encontró Sanders. El sistema no le permitirá romper el cielorraso de acero que protege el poder real: el Pentágono, la Reserva Federal, las grandes corporaciones.

La diferencia es que AOC es más joven y tiene más tiempo para construir una carrera. Pero la carrera, en sí misma, es el problema. Cada paso que da hacia el poder institucional es un paso que la aleja de las bases que la llevaron allí.


VIII. ¿Qué significa AOC para América Latina?

Para América Latina, la figura de AOC tiene un significado ambivalente. Por un lado, representa la posibilidad de que, incluso en el corazón del imperio, surjan voces críticas que cuestionen el intervencionismo estadounidense. Su apoyo a una resolución para disculparse formalmente por el rol de EE.UU. en el golpe de Estado en Chile de 1973 es un gesto significativo.

Pero, por otro lado, AOC no es una antiimperialista en el sentido revolucionario del término. Su apuesta es por un imperialismo con rostro humano: un imperialismo multilateral, que respete las "normas internacionales", que condicione la ayuda militar a los derechos humanos, pero que no cuestione la dominación estructural de Estados Unidos sobre la región.

Para los gobiernos y movimientos de América Latina, esto implica un cambio de forma, pero no de fondo. No más invasiones directas al estilo de Irak o Vietnam, al menos no sin una feroz oposición del Congreso. Pero sí una presión "civilizada" a través de la condicionalidad de la ayuda, exigencias de reformas internas a cambio de dólares, y una política de "memoria histórica" que reconoce los crímenes del pasado pero no devuelve los recursos saqueados.

No es el fin del imperialismo. Es el imperialismo gestionado de otra manera.


IX. La lección de la historia

La historia de la izquierda revolucionaria está llena de figuras que, en su momento, fueron vistas como la esperanza de un cambio radical: socialdemócratas que se convirtieron en gestores del capitalismo, líderes obreros que terminaron en los consejos de administración de las empresas, revolucionarios que se convirtieron en burócratas.

AOC no es una excepción. Es la regla.

Esto no significa que su figura sea irrelevante. Su presencia en el Congreso, su capacidad para movilizar a las bases, su discurso crítico contra la desigualdad y el militarismo tienen un valor. Pero ese valor es táctico, no estratégico. AOC es un síntoma de la crisis del sistema, no una solución a ella.

La verdadera transformación no vendrá de una figura individual, por más carismática que sea. Vendrá de la organización desde abajo: de los trabajadores que ocupan fábricas, de los vecinos que construyen comunas autónomas, de los estudiantes que toman las universidades, de los soldados que se niegan a disparar contra el pueblo.

Esa es la lección que nos dejaron Santucho, Van Schouwen y todos los revolucionarios que entregaron su vida por un mundo diferente. La revolución no se hace esperando a que un líder iluminado nos guíe. La revolución se hace construyendo poder desde abajo, sin pedir permiso, sin esperar a que las cámaras y la presidencia sean conquistadas.


X. Conclusión: Ni calco ni copia

AOC es, en definitiva, la expresión más avanzada del reformismo dentro del corazón del imperio. Su función objetiva no es destruir el sistema, sino reformarlo y, al hacerlo, perpetuar la ilusión de que es reformable.

Para quienes creemos que el capitalismo no se reforma, sino que se destruye, AOC no es una aliada ni una enemiga. Es una figura contradictoria que, como todas las figuras de la izquierda institucional, termina siendo funcional al sistema que dice querer cambiar.

Pero su existencia también nos plantea un desafío: si AOC es el techo de lo posible dentro del sistema, entonces el verdadero cambio debe buscarse fuera de él. No en las urnas, sino en las calles. No en los congresos, sino en las fábricas. No en los discursos, sino en la acción directa.

Ni calco ni copia. Creación heroica.

Esa es la lección que nos dejaron los revolucionarios de verdad. Y esa es la lección que debemos recordar mientras miramos a figuras como AOC: no como salvadoras, sino como síntomas de un sistema que, por más que se vista de progresismo, sigue siendo el mismo sistema de siempre.


Un militante que aprendió de la historia que el marxismo se hace, no se repite.

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