Apunte sobre una vieja sigla: el FOR y el actual trabajo subterráneo
En la España de 1937, mientras el Frente Popular diluía la revolución en una alianza con la burguesía republicana, Andreu Nin y el POUM propusieron otra vía: el Frente Obrero Revolucionario (FOR). No se trataba de un frente “popular” que incluyera a todos los sectores que se decían antifascistas, incluyendo patronos y mandos militares leales al viejo Estado. El FOR era un bloque exclusivamente obrero y campesino, cimentado en un programa de expropiación del capital, control de la producción y poder de los comités de base. Su lógica era diáfana: para derrotar al fascismo no había que apuntalar la república burguesa, sino hacer la revolución, porque el fascismo era, en última instancia, un producto de ese mismo capitalismo que la república defendía. El FOR no pedía permiso al Estado burgués; lo combatía desde abajo, construyendo un poder alternativo que no renunciaba a sus metas finales.
Esa iniciativa fue aplastada por el estalinismo, que veía en el FOR una herejía contra la política de Moscú. Pero su memoria persiste, y ciertos círculos de estudio han observado que, salvando todas las distancias históricas, el principio del FOR —una unidad combativa que no firma cheques en blanco al orden establecido— puede iluminar algunas dinámicas del presente. No como un calco, por supuesto, sino como una analogía que ayuda a leer los movimientos tectónicos bajo la superficie.
Hoy, en el mismo país que financió la operación Furia Épica contra Irán y que intentó quebrar a Persia sin conseguirlo, hay sectores que han optado por no aplaudir los fuegos artificiales bélicos y, en cambio, organizarse alrededor de las necesidades más concretas: el precio del pan, el alquiler imposible, la sanidad negada. No conforman un partido revolucionario, ni mucho menos un FOR declarado. Pero su práctica contiene un eco de aquella lógica: se niegan a integrarse en un “frente popular” con los halcones que aplaudían las bombas. No asumen la defensa del Estado imperial en nombre de un mal menor; se concentran en edificar, desde lo cotidiano, un polo de atracción que no hipoteca sus demandas a los imperativos de la guerra. No lo dicen, no lo teorizan públicamente, pero actúan como si supieran que la cabeza del pez no se remienda con coaliciones interclasistas: se la deja pudrir mientras se organiza lo nuevo desde la cocina, el hospital y la comunidad.
El mundo multipolar que se aceleró tras la humillación no reconocida del Pentágono en Irán demuestra que el Frente Popular global (esa alianza de “democracias” contra el eje del mal) ya no funciona. El BRICS se reconfigura, las rutas comerciales se desacoplan del dólar, y el centro militar gasta sus recursos en teatros que no cierra. En ese contexto, quienes dentro del imperio se ocupan del techo y del salario, y guardan silencio ante los tambores de guerra, están haciendo algo más profundo que “reformismo”: están drenando la base social de legitimación del monstruo. No están en el parlamento para salvar al sistema, sino para que el deterioro del centro no arrastre a los de abajo mientras éstos generan sus propios lazos de solidaridad. Si algún día las condiciones maduran, esos lazos serán el embrión de un poder distinto. Mientras tanto, su no-alineamiento tácito con la maquinaria bélica es la versión contemporánea de aquella negativa del viejo FOR a diluirse en el bloque del mal menor.
No olvidemos que el FOR de Nin nunca pudo desplegarse plenamente: fue descabezado por la represión estalinista, y con él se perdió una oportunidad histórica. La lección que extraemos no es que hoy deba repetirse aquel esquema miméticamente, sino que la construcción de un polo independiente, centrado en las necesidades de la mayoría y no en la salvación del Estado, es siempre una tarea de largo aliento, necesariamente discreta en sus inicios, y extremadamente peligrosa para los intereses del centro. Por eso los actuales sembradores no ondean banderas ni exhiben siglas; hablan de la tortilla y se agotan moralmente ante la carnicería de Gaza, sin romper el silencio en falso. No son un FOR, pero su práctica instintiva apunta en la misma dirección que aquel frente obrero revolucionario que se negó a poner la revolución entre paréntesis.
Los materialistas vulgares seguirán buscando herejes donde no los hay; los inquisidores del imperio, siempre dispuestos a acusar de sedición, no encontrarán aquí nombres ni programas. Nosotros, en cambio, anotamos el movimiento de las placas y recordamos que, en los períodos de transición, la historia no avanza por los grandes discursos, sino por el trabajo silencioso de quienes, sin pedir permiso, organizan la vida en medio de la muerte. El FOR fue una semilla truncada; sus ecos, sin embargo, retumban cada vez que alguien en el corazón del monstruo prefiere arreglar un techo a aplaudir una explosión. Sigamos cuidando esos ecos.
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