Sobre ciertos movimientos tectónicos
Observamos, en la superficie de los acontecimientos, una redistribución de placas. El viejo orden, que algunos llamaban unipolar, ya no es tal: asistimos a una deriva policéntrica, multipolar, que se aceleró con la operación Furia Épica en Irán (febrero de 2026). Cincuenta mil soldados, doscientos cazas, dos portaaviones, la muerte de Jameneí, y sin embargo Persia no fue doblegada. Teherán, incluso bajo alto el fuego, denuncia violaciones graves; el Estrecho de Ormuz sigue siendo un puente, no un cuello de botella. Los documentos estratégicos del Pentágono hablan de victoria, pero los mercados de futuros y las rutas comerciales cuentan otra historia. La guerra no rompió a Irán; reconfiguró a los BRICS, empujó la desdolarización, redibujó mapas de suministro energético y demostró que el centro militar del mundo puede invertir un océano de acero sin obtener sumisión. Quienes analizan estos hechos con frialdad entienden que la cabeza del pez, allí donde se tomaban todas las decisiones, ya no respira con la misma seguridad.
En ese marco de tensión global, hay un fenómeno interno que a menudo se malinterpreta. En el país que financió la guerra, ciertos representantes electos —algunos de distritos urbanos, de barrios donde el precio de la tortilla y el alquiler definen la vida— insisten en hablar de sanidad, de vivienda, de salarios. Podría parecer un repliegue provinciano en medio del fragor imperial. Sin embargo, recordemos una lección que la historia repite con la paciencia de lo telúrico: cuando un orden se corroe desde su centro, lo más disruptivo no es gritar en los márgenes, sino atender las necesidades inmediatas del cuerpo social. Negar el aplauso a los fuegos artificiales lejanos y, en cambio, organizar la cocina y el techo, es una forma de restar combustible a la máquina. No es abandono del mundo; es trabajo sobre el eslabón que, en otro tiempo, ciertos estrategas habrían considerado débil pero decisivo.
Esas figuras no ondean banderas de una orilla ni de la otra. Su lenguaje es el de la vida cotidiana, el del deterioro material de quienes los eligieron. Si se agotan moralmente al hablar de ciertas tragedias ultramarinas, no es por desinterés: es que el desierto de cinismo que los rodea convierte la palabra en arena. Su silencio a veces es más elocuente que un manifiesto. Y, sobre todo, no redactan el guion completo del porvenir. Actúan dentro de una estructura que, como sabemos, teme sobre todo una revolución en su propia calle financiera —una posibilidad que el terrorismo intelectual de ciertos materialistas vulgares quisiera conjurar acusando a diestra y siniestra—. Pero la dialéctica no necesita conspiraciones: la historia se abre paso a través de contradicciones objetivas. La mera existencia de quienes insisten en hablar de lo concreto, en medio de un Estado que aplaudía los bombardeos, es un síntoma de que las premisas del viejo orden se descomponen.
El mundo policéntrico que emerge de las cenizas de Furia Épica no depende de lo que hagan o dejen de hacer esos representantes. Depende de que la cabeza del pez siga pudriéndose, mientras el resto del cuerpo busca otras formas de organización. Los BRICS ampliados, las nuevas alianzas energéticas, el corredor Norte-Sur, la recomposición de soberanías en África y Asia son los hechos contundentes. En el interior del imperio, mientras tanto, quienes trabajan discretamente por ampliar el acceso a la salud o por rehabilitar viviendas con criterios ecológicos no están dirigiendo la política mundial; están, simplemente, respondiendo a las fuerzas profundas que disuelven el cemento ideológico del centro. Sería torpe, y peligroso para ellos, colgarles etiquetas que la inquisición local usa para eliminar adversarios. Más sabio es entender que el río subterráneo fluye por muchos cauces, y que la tarea de esta hora no es explicitar lo que aún no puede ser dicho, sino cuidar que los cauces no se sequen.
Por lo tanto, ni aplausos fáciles ni condenas precipitadas. Lo tectónico se mide en milenios; las fisuras, en cambio, pueden percibirse en el habla de quienes se niegan a vitorear las explosiones lejanas. Allí donde el miedo a una revolución en Wall Street paraliza las lenguas, conviene recordar que, en los períodos de transición, el cambio más profundo suele comenzar con la defensa del pan diario y el techo seguro. Que los materialistas vulgares sigan leyendo la superficie; la lógica dialéctica, en cambio, anota los movimientos de placas y espera. El fin de las calamidades no se decreta; se madura, y a veces se insinúa en los silencios de quienes, sin estridencia, dejan de aplaudir la pólvora.
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